Por último entrevistamos a Jose Castillo, bombero de nuevo ingreso desde hace algo más de un año y que estuvo también en los terremotos de Venezuela con la ONG.
“La verdadera diferencia la marcan el criterio, la disciplina y la capacidad de mantener la cabeza fría.” Jose Castillo
¿Hubo algún momento durante la misión en el que pensaras: “Esto es completamente diferente a todo lo que había imaginado”?
Sí. Creo que antes de salir intentas imaginarte cómo va a ser algo así, pero es imposible. Yo me fui con bastantes incertidumbres: no sabía exactamente qué nos íbamos a encontrar, cómo iba a responder físicamente después de muchas horas sin dormir, ni siquiera si iba a estar realmente a la altura cuando llegara el momento.
Y luego, una vez allí, lo que más me sorprendió fue lo rápido que algo extraordinario puede convertirse en tu normalidad. Estás cansado, duermes poquísimo, comes cuando puedes, llevas días sin ducharte y, aun así, sigues funcionando porque hay un trabajo que hacer y un equipo que depende también de ti.
Quizá eso fue lo más diferente de lo que imaginaba. Desde fuera piensas mucho en la adrenalina o en los momentos grandes; desde dentro, gran parte de una misión así consiste en mantener la cabeza fría, adaptarte constantemente y seguir haciendo bien tu trabajo aunque las condiciones estén muy lejos de ser ideales.
¿Qué ha sido lo más difícil de afrontar durante estos días sobre el terreno?
Probablemente el desgaste acumulado. En cinco días dormí alrededor de catorce horas en total. Al principio puedes tirar de adrenalina, pero llega un momento en el que ya no existe esa sensación de estar especialmente activado: simplemente estás cansado y tienes que continuar siendo útil.
Y para mí eso era importante. No me preocupaba únicamente aguantar físicamente; me preocupaba no convertirme en una carga para los demás. Estás trabajando con compañeros, algunos con muchísima más experiencia que tú, y quieres responder cuando haga falta.
También está la incertidumbre. Estás fuera de casa, en otro país, en una situación excepcional y sin controlar prácticamente nada de lo que puede ocurrir al día siguiente. Aprendes bastante rápido a dejar de pensar demasiado lejos y concentrarte en lo que tienes delante.
¿Qué has aprendido de tus compañeros con más experiencia que te llevarás para el resto de tu carrera como rescatista?
Sobre todo, que la experiencia se nota mucho menos en hacer cosas espectaculares que en hacer bien continuamente las cosas pequeñas.
La tranquilidad con la que analizan una situación, cómo se comunican, cómo administran el esfuerzo, cómo saben cuándo actuar y cuándo esperar… Ese tipo de cosas me impresionaron mucho.
Creo que cuando empiezas en este trabajo puedes tener la idea de que ser un buen rescatista tiene mucho que ver con ser fuerte, valiente o resolutivo, y por supuesto todo eso importa. Pero allí entendí todavía mejor que la verdadera diferencia la marcan el criterio, la disciplina y la capacidad de mantener la cabeza fría.
Y otra cosa fundamental: confiar en el equipo. En una misión así entiendes perfectamente que nadie hace nada solo. Saber que tienes gente competente a tu lado te permite concentrarte en hacer bien tu parte. Es una lección que quiero conservar durante toda mi carrera.
Cuando regresaste a casa, ¿qué fue lo primero que hiciste o pensaste? ¿Ha cambiado esta experiencia tu forma de ver la vida?
Lo primero que hice es bastante fácil de adivinar: ducharme. Ducharme y abrazar a mi familia. Después cené mi comida favorita y dormí todo lo que pude.
La experiencia ha sido, sin duda, una de las mejores de mi vida, siempre entendiendo y respetando la gravedad de la situación que nos llevó hasta allí. Pero precisamente por eso también ha sido una experiencia muy transformadora.
Una de las primeras cosas que aprendí fue hasta dónde puede llegar el cuerpo cuando realmente tiene un motivo para seguir adelante. Durante esos días hubo cansancio, falta de sueño y momentos de mucho desgaste, y aun así descubrí que era capaz de soportar bastante más de lo que pensaba.
Pero probablemente lo que más me impactó ocurrió al volver. De repente yo regresaba a mi casa, abrazaba a mi familia, podía ducharme, comer lo que quisiera y dormir en mi cama, mientras que, a miles de kilómetros, muchísimas personas seguían viviendo las consecuencias de una de las mayores tragedias de los últimos años. Ese contraste fue muy difícil de asimilar.
Incluso sentí cierta culpabilidad por marcharme y volver a mi vida, aun sabiendo racionalmente que nuestra labor de búsqueda, 7 días después de que ocurriera el terremoto, por desgracia ya no era tan necesaria. Era una sensación extraña: por un lado, dejar atrás todo aquello; y, por otro, sentirme profundamente agradecido por poder regresar a una vida en la que todo seguía estando bien.
Creo que esa es una de las cosas que más se han quedado conmigo. Muchas veces damos por sentado lo que tenemos porque pensamos, casi sin darnos cuenta, que siempre va a estar ahí: nuestra familia, nuestra casa, nuestra rutina, incluso las cosas más pequeñas. Cuando ves de cerca lo rápido que todo puede cambiar, empiezas a entender que quizá no deberíamos dar tantas cosas por hechas.
Desde entonces intento valorar mucho más todo lo que me rodea. Y también creo que he vuelto siendo una persona más resiliente. Aunque haya sido una experiencia relativamente breve, me demostró que soy capaz de aguantar mucho más de lo que creía y me ha cambiado la perspectiva sobre muchos problemas cotidianos. Cosas que antes podían parecer enormes, después de vivir algo así, empiezan a ocupar el lugar que realmente les corresponde.
No significa que dejen de importar, pero sí que aprendes a relativizarlas. Y, sobre todo, a agradecer mucho más lo que tienes mientras lo tienes.
